miércoles, 25 de diciembre de 2019

Como las estrellas sobre nuestra azotea en París || Especial de Navidad


13 horas en Viena, 3 noches en Oslo y 7 semanas en París


No se dejaron ver anoche las estrellas sobre el cielo de nuestra azotea. Puede que mañana tampoco aparezcan; pero hoy están aquí, al otro lado del mar de oscuridad, y parece que hayan salido a saludar.
Lena está recostada contra el pecho de Kenny, esbozando con los dedos manchados de carbón un dibujo que él contempla con verdadera devoción mientras apoya la cabeza en el hueco de su cuello. Hay una mancha azul en el mentón de él, un recuerdo que trae a la memoria las risas y los murmullos confidentes de esta tarde.
De vez en cuando se atreve a apartarle un mechón de cabello cobrizo del rostro, y entre trazo y trazo acerca los labios a su oído para susurrarle un secreto que es solo de los dos.
Están cerca de nosotros, pero parecen perdidos en alguna de las estrellas que nos observan.

Diana está tumbada sobre el regazo de Julie, haciendo que se sonroje cada vez que abre la boca, probablemente para murmurar alguna provocación que acierta en el blanco. Sale vaho de sus labios pintados de un rojo un poco desgastado por los besos y ha levantado las manos, perdida en alguna ensoñación. Con una señala las estrellas mientras se inventa algún cuento, con la otra ha empezado a trazar lentas caricias en la cintura de Julie.
Cuando se da cuenta de que la estoy mirando, sus manos se detienen un solo instante, me dedica una sonrisa y me guiña un ojo. Luego vuelve a perderse en esa fantasía que ha levantado entre ellas dos y el resto del mundo.
—Da un poco de vértigo —susurra, de pronto, una voz grave que conozco bien.
Cuando me giro, Erik está a mi lado, apoyado sobre los codos, con la cabeza echada hacia atrás. Contempla con ojos brillantes la inmensidad del abismo que se abre sobre nosotros.
—¿Tú? ¿Vértigo? —pregunto, incapaz de no notar la ironía.
Erik ladea le cabeza hacia mí, con una nota de reproche, pero también de humor.
—Las estrellas —explica, y vuelve a mirar hacia el firmamento—. Estaban aquí antes de que llegáramos nosotros y seguirán estando mucho después de que nos vayamos.
Sigo la dirección de su mirada, como por inercia, y vuelvo a sonreír cuando me pregunto cómo he acabado compartiendo mis noches con alguien que consigue que me quede sin qué decir tantas veces a lo largo del día.
Sus dedos han volado sobre los míos, y su pulgar acaricia mis nudillos en una caricia perezosa.
—Sin embargo, aunque nosotros nos vayamos, este momento se quedará de alguna forma aquí para siempre, eterno, irrepetible. Permanecerá incluso cuando no haya quien lo recuerde —susurra, abstraído.
Hace frío, lo siento en los cristales empañados de los edificios que nos rodean, en las volutas de vaho que ascienden de nuestras bocas, en sus dedos.
—¿Vamos dentro? —pregunto.
Erik arquea una ceja. Y un segundo después de que lo comprenda y uno antes de que pueda explicarlo, escucho la risa cantina de Diana y un resoplido de Kenny me impide hablar enseguida.
Erik sigue mirándome entre sorprendido y divertido, sin duda encantado.
—Hace frío —digo, sin molestarme en susurrar ahora que sé que todos estaban pendientes de nosotros—. Por eso lo de volver dentro. Porque hace frío —señalo.
—Qué elegante eres —dice Kenny, sin levantar la vista del dibujo de Lena.
—¿Puedes repetirme eso que has dicho, pero más despacio, para memorizarlo con mis palabras por si surge la ocasión? —canturrea Diana con malicia, mirando a Erik.
—¿Con quién crees que puede surgir la ocasión? —la provoca Julie, y un segundo después están riendo entre cosquillas y besos.
—Estamos a cinco bajo cero. Creo que va siendo hora de entrar —insisto—. Además, tenemos que darnos los regalos.
Diana es la primera en ponerse en pie. Parece dispuesta a dejarlo estar con tal de recibir su regalo. Prácticamente tira de Julie mientras nos mete prisa al resto para bajar cuanto antes.
El calor del interior nos recibe en cuanto abrimos la puerta y todos abandonamos los abrigos y las bufandas en la entrada. Solo Kenny se molesta en dejar el suyo colgado en una percha. Erik lo deja sobre la mesa de la entrada, Julie lo arroja al sofá. Lena y Diana lo dejan caer directamente al suelo y yo lo lanzo a mi habitación cuando paso por delante, aunque cae al suelo a mitad de camino y se queda ahí tirado.

Kenny deja escapar un suspiro lastimero y sacude la cabeza, pero se abstiene de hacer comentarios porque sabe que es una batalla perdida.
Nos reunimos con los regalos en el sofá donde Adèle dormita acurrucada sobre uno de los cojines. Yo me siento en la mesa con Julie, el resto encuentran un hueco en el sofá.
—Empiezo yo —declara Diana, entusiasmada, y le tiende un paquete a Erik.
—¿Estás seguro de atreverte a abrirlo en público? —bromea Julie.
Diana se estira para darle una patada amistosa. Erik la mira interrogante, por si acaso.
—Puedes abrirlo —refunfuña ella, echándose su melenita rubia hacia atrás.
Erik se deshace del papel de regalo con facilidad y descubre una caja de cartón. De dentro extrae una taza de tamaño considerable en la que está estampado su nombre con caligrafía hermosa.
Parece que ella misma lo ha escrito para que la personalicen.
—Para que veas que sigo apostando por ti —canturrea
Recuerdo el primer café que le compró, cuando Erik y yo apenas habíamos empezado a conocernos de verdad tras reencontrarnos.
—Esto es más permanente que un vaso de papel.
Sonríe, y se acerca para darle las gracias mientras la abraza y Diana le corresponde con cariño.
—Entonces, sigo yo —dice Erik, cuando se separan, y le tiende una bolsa de papel a Julie.
No están envueltos, así que descubre su interior enseguida.
—Cuadernos —murmura ella—. Son preciosos.
—Para que puedas escribir cuando estés lejos de casa.
Julie le da las gracias con una sonrisa tímida que desentona con ese aspecto de tipa dura; las botas altas y los tatuajes que cada vez ocupan más espacio en su piel.
Ella le tiende un paquete envuelto solo a medias a Kenny.
—Lena me ha ayudado a elegirlas —dice, cuando Kenny se encuentra con un conjunto nuevo de acuarelas.

—Así que por eso desaparecisteis una tarde entera —adivina Diana.
Julie se encoge de hombros y le guiña un ojo a Lena, que sonríe con discreción.
—Son estupendas. Gracias —responde, con gratitud.
Kenny me da su regalo a mí; un paquete pequeño y un sobre. Descubro lo que hay dentro del primero con el tacto, y destrozo el papel para sacar una cuerda nueva para entrenar del interior.
—Esto siempre viene bien —comento, con emoción.
Se nota que ha pensado de verdad en mí.
Luego, extraigo el contenido del sobre. Es un dibujo pequeño, uno de sus bellos retratos, con trazados sucios, duros, que conforman mi imagen mientras tengo los puños en alto y envueltos en guantes de boxeo.
Sé que voy a molestarlo, pero me da igual. Me levanto para sentarme a su lado y darle un abrazo.
—En el fondo eres un blando, eh —lo provoco.
Los demás se ríen y bromean hasta que Kenny acaba deshaciéndose de mí con fingido hastío; aunque yo sé que lo que tira de sus labios es una sonrisa tímida.
Así que yo también le doy mi regalo a Lena. Es un álbum de fotografías cuyas páginas, salvo las primeras, están vacías.
Al principio he pegado algunas de las fotos de los seis. La mayoría son muy nuevas, de este mismo invierno y de los días que hemos pasado juntos.
—El resto tendrás que ponerlas tú —le digo.
Lena me entiende a la perfección. Comunicarse no es tan divertido como cuando no sabía francés, pero ahora podemos hablar mucho más y cada vez la conozco mejor y la quiero más.
Lena no se resiste y prácticamente se me tira encima para abrazarme. Luego se levanta, va hasta la cocina y todos nos reímos cuando le vemos sacar su regalo del congelador.
Diana ya está levantando los brazos para recibir una tarrina de helado envuelta en papel de regalo y ataviada con un precioso lazo dorado que imita una flor y que seguramente haya hecho ella.
—Es lo mejor que me han regalado nunca —dice, encantada, sin resistirse a abrirlo y a pasar un dedo por el borde.
Julie intenta probarlo también y Diana se resiste entre risas, pero al cabo de un rato acabamos todos compartiendo el helado en el salón del apartamento, intercambiando anécdotas de aquellos a los que conocemos desde hace más tiempo, y escuchando con atención las de los recién llegados, los nuevos amigos, y la familia que hemos encontrado y que ahora sabemos que será para siempre.

Como las estrellas sobre nuestra azotea en París.