martes, 15 de enero de 2019

«El Pozo de las mentiras». Respira, prólogo.


 Prólogo
El Pozo de las mentiras
ERI

            Tenía quince años, y mi vida estaba a punto de cambiar.
Aquella sería la última vez que visitaba el santuario Kamigamo y que celebraba el festival de Aoi Matsuri. No volvería a ver los cerezos en flor del parque Maruyama, ni el reflejo dorado del santuario Jishu sobre el lago. Al día siguiente cogería un vuelo que me llevaría lejos de Kioto para siempre y estaba asustada.
—¡Eh, Yui! ¿Qué haces aquí? Te estamos esperando.
Alguien me confundió con otra persona. En cuanto me di la vuelta hacia él esperé que se disculpara y me dejara tranquila. No lo hizo.
—¿Es que no me has oído? ¡Vamos! —me apremió, y me hizo un gesto con la cabeza mientras todavía seguía acercándose a mí.
@cardonasonia146Me giré instintivamente, buscando alguien que estuviera detrás de mí. Pero estaba sola.
—Creo que te confun…
No llegué a terminar la frase. El hombre me agarró del brazo y tiró de mí. Parecía tener mucha prisa.
Antes de que pudiera volver a protestar, una voz nos interrumpió.
—Deja a esa chica, Usui.
Los dos nos volvimos hacia el lugar del que provenía la voz. Una mujer vestida con yukata, el traje tradicional, nos miraba tranquila, con las manos cruzadas sobre el regazo y una expresión serena. Los dos nos quedamos quietos, pero el hombre acabó moviéndose para mirarme detenidamente y luego mirarla a ella.
Cara redondeada, pero rasgos marcados. Pómulos prominentes, barbilla pequeña y ojos grandes. Tenía una mirada relajada y que parecía por encima de cualquier problema mundano. Era muy hermosa.
Sin embargo, lo que más me impactó, igual que impactó al hombre que tenía justo al lado, fue el parecido.
Éramos prácticamente iguales, como dos gotas de agua.




Ella también pareció sorprendida cuando me miró, pero de una forma distinta, como si la curiosidad no fuera suficiente para molestarse en mudar su expresión.
Lo único diferente era el pelo; su larga melena blanca y brillante, recogida en un cuidado peinado. Además, parecía mayor y poseía una belleza delicada, casi espectral, que ni siquiera yo, con rasgos tan parecidos, albergaba.
No llegué a escuchar qué respondió el hombre, si es que dijo algo. Tampoco volví a escucharla a ella. Alguien tiró de mi brazo y, esta vez, me dejé arrastrar porque era Matvey.
—¿Estás loca? —preguntó—. ¿No te das cuenta de que son de los otros?
Los otros había adquirido varios significados durante los últimos meses. Sin embargo, lo que significaba al fin y al cabo era que pertenecían a una organización japonesa, y yo debía mantenerme alejada de ellos. Ekaterina Kozlov no tenía problemas con los japoneses, pero era mejor no acercarse mucho.
Estuve a punto de pedirle que se detuviera, que mirase a esa chica que era igual que yo, pero no me atreví a hacerlo.
Dejé que me llevara lejos de ellos. No hice preguntas. Y esperé.
Tal vez, en otro momento, lo habría guardado como una anécdota. Dicen que todos tenemos al menos una persona idéntica a nosotros en algún lugar del mundo, ¿no? Resulta que la mía estaba en Kioto. Pero aquel día necesitaba respuestas. Tal vez, buscase otras más difíciles, imposibles, y tuve que conformarme con esas.
La busqué cuando Matvey dejó de prestarme atención. No era fácil, siempre estaba pendiente de mí, y yo agradecía un tipo de atención que nadie me había prestado jamás, pero en momentos así era problemático.
Inspiration imageSeguí a la chica del yukata fuera. Dejé atrás el recinto del santuario, los hermosos trajes antiguos y las luces de los farolillos… hasta internarme en Tadasu no Mori, el Bosque de la Corrección.
No tuve que alejarme mucho. Se detuvo cuando llegamos a uno de los pozos del bosque. Lo conocía. Era el Pozo de las mentiras.
La vi allí sentada y no supe qué hacer. Estábamos suficientemente lejos del templo como para que el silencio del bosque se impusiera entre las dos, pero suficientemente cerca como para que las luces del camino iluminasen sus rasgos. Tan parecidos a los míos…
—Es el Pozo de las mentiras —le dije, porque no sabía cómo empezar aquella conversación.
—Lo sé —respondió, y yo me sorprendí. Poca gente sabía para qué había sido levantado aquel pozo. Hacía tiempo que fue olvidado. Tadasu no Mori es un bosque primitivo y antiguo, que crece sin control. Hace mucho que no pertenece al hombre. Es salvaje; hermoso y aterrador al mismo tiempo.
Nadie le rezaba al dios de las mentiras, salvo yo.
—Perdona que te haya seguido, pero es que eres…
No llegué a terminar la frase. Ella sonrió y me hizo un gesto delicado con la cabeza. Quería que me acercase.
Caminé hasta llegar a su altura y alzó una mano hacia mí, hacia mi rostro.
—Si me lo hubiesen contado, no lo habría creído —susurró.
En eso también éramos diferentes. Tenía una voz dulce, un tono meloso y unos gestos gráciles y delicados.
—¿Cuántos años tienes?
—Quince —respondí.
Ella volvió a sonreír. Lo mucho que se parecía aquella a mi sonrisa me asustó un poco. Igual de corta, igual de triste.
—Yo era un poco más joven que tú cuando crucé la puerta a esta vida. —Supe a qué vida se refería sin necesidad de que lo explicara—. Pero ya hace mucho de eso y yo estoy cansada. Hay puertas que no volveré a cruzar nunca más, porque ya no soy capaz. Solo queda una, una puerta.
Entonces no supe qué responder, porque no sabía a qué se refería.
No podía dejar de mirarla. Parecía algo mayor que yo, pero seguía siendo joven y hermosa. Ese pelo blanco, tan blanco como la nieve, no le robaba ni un ápice de juventud.
Me dio la espalda para asomarse y mirar dentro del pozo.
—Ten cuidado. Dicen que no tiene final.
—Todo tiene final, incluso el pozo sin fondo de las mentiras —replicó, con una calma antinatural, demasiado fría. Volvió a mirar dentro y una luz brilló en sus ojos—. La leyenda dice que una shikome aguarda al otro lado para llevarse al inframundo a aquel que incumple sus promesas, a aquel que miente.
—Como a Izanagi —adiviné.
La chica del yukata me miró con curiosidad. Conocía la leyenda de la shikome; conocía muchas leyendas. Quizá porque durante unos segundos me gustaba creer que existía un mundo más allá del nuestro; incluso si era perturbador e inexplicable. Lo importante era que había magia.
—El dios Izanagi incumplió la promesa que le hizo a su mujer después de morir, y esta envió desde el inframundo a una shikome que lo persiguiera. ¿Sabes cómo es una shikome?
—Tiene la carne podrida, las cuencas de los ojos llenas de gusanos y la piel pálida y llena de pústulas —murmuré.
La chica del yukata bajó la vista de nuevo, y un escalofrío me recorrió la espalda.
 —¿Cómo te llamas? —preguntó, al volver a alzar el rostro.
—Eri.
IMAGENES FOTOS PAISAJES Y MAS PARA FONDOS Y DIAPOSITIVAS: abril 2014—Eri —repitió—. ¿Alguna vez has pensado que las cosas ocurren de cierta forma por un motivo?
Pensé en Matvey. En sus ojos marrones, su mano tendida hacia mí, su promesa de una vida mejor.
—Muchas veces. ¿Tú crees en el destino?
No sabía muy bien por qué hacía aquellas preguntas. Solo quería seguir hablando con ella, buscando algo que la hiciese distinta a mí, un rasgo inequívoco, que nos hiciera completamente diferentes y rompiera la magia. No lo había.
Ella se encogió de hombros.
—Puede que estés aquí para verme cruzar la última puerta, para que tú no la tengas que cruzar. ¿Sabes dónde te estás metiendo cuando te juntas con esas personas?
Fruncí un poco el ceño y miré atrás. Quizá debería volver. Ya me había arriesgado mucho y Matvey andaría buscándome.
—Lo siento, pero tengo que irme.
—Yo también me voy —contestó ella.
Me quedé ahí de pie, aguardando, pero ni hizo ningún amago de levantarse del borde del pozo. Mejor así. Prefería no volver con ella al templo. Era mejor que nadie nos viese juntas. Al fin y al cabo, era parte de los otros.
Le dediqué una última mirada. Un último vistazo a ese reflejo perfecto. Ella solo sonrió.
Eché a andar en dirección al templo. Sin embargo, me detuve cuando me di cuenta de que si no preguntaba lo que quería saber, la misma idea me acosaría para siempre: ¿cuál era la última puerta?
Escuché un ruido antes de volverme. Un golpe acuoso, distante y frío. Ella ya no estaba.
La pregunta murió en mis labios.
Busqué a la chica en el bosque.
Y la oscuridad me devolvió la mirada.
Vestidos e Natureza


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